Colombia es un país donde la realidad parece escrita por un dramaturgo que bebe café con pólvora. Nada es simple, lineal ni inocente. Entre Gustavo Petro, acusado de guerrillero, drogadicto, borracho, corrupto, ladrón y mentiroso, pero dueño de un currículo que haría sonrojar de vergüenza a muchos estadistas europeos, y Abelardo de la Espriella, abogado millonario que construyó fortuna defendiendo mafiosos con la elegancia de un maestro que dirige la orquesta del crimen, se dibuja el nuevo capítulo de la ética de las fronteras humanas: el umbral entre la moral y el muro.

Gustavo Petro es un fenómeno sociopolítico digno de estudio académico. La mitad de Colombia lo idolatra como si fuera un santo laico; la otra mitad desea verlo colgado de un poste, como si la política fuera una extensión de la justicia sumaria. Es el retrato perfecto de la democracia tropical: una mezcla de fervor religioso y linchamiento civil.

Lo llaman guerrillero porque lo fue. Lo llaman drogadicto porque parece demasiado lúcido. Lo llaman borracho porque habla con la sinceridad inconveniente de quienes no temen el ridículo. Lo llaman corrupto porque, en América Latina, la honestidad es una forma de excentricidad. Y lo llaman ladrón porque, en un país donde todos sospechan de todos, la acusación es siempre preventiva.

Pero Petro tiene algo que falta a muchos de sus detractores: un currículo académico y político que no se improvisa. Economista, exsenador, exalcalde de Bogotá, autor de políticas sociales que redujeron la pobreza urbana y ampliaron el acceso a la educación. Como escribió Gabriel García Márquez, “la sabiduría es una forma de locura que pocos toleran” (El otoño del patriarca, 1975). Petro es, por tanto, el loco necesario, el hombre que intenta gobernar un país donde el Estado es una ficción y la violencia una institución.

Del otro lado del escenario surge Abelardo de la Espriella, abogado de éxito, defensor de narcotraficantes, restaurador de reputaciones dudosas y coleccionista de fortunas. Un hombre que conoce los códigos de la ley tan bien como los códigos del silencio. Espriella representa la Colombia que aprendió a negociar con el mal, a transformar el crimen en profesión y la ética en mercancía.

Es el abogado que, como decía Nietzsche, “aprendió a bailar sobre el abismo” (Jenseits von Gut und Böse, 1886). Y baila con la ligereza de quien sabe que, en Colombia, el abismo es solo otro elemento del paisaje.

Cuando Espriella declara “caza abierta contra narcos, guerrilleros y corruptos”, el país se estremece. No porque la promesa sea nueva, sino porque viene de quien siempre lucró con el sistema que ahora promete destruir. Es como si un pirómano anunciara una campaña contra los incendios. La ironía es tan perfecta que parece escrita por un dramaturgo francés del siglo XIX.

Colombia vive desde hace décadas en la frontera entre el Estado y el caos. La ética de las fronteras es, por tanto, el ejercicio de fingir que hay moral donde solo hay supervivencia. Petro encarna la utopía del reformador que cree que puede transformar el país por la vía institucional, como si la corrupción fuera un virus curable con decretos. Espriella encarna el pragmatismo del cínico que sabe que el poder no se conquista, se compra.

Entre ambos, el pueblo colombiano oscila como un péndulo entre esperanza y desesperación. La mitad que apoya a Petro ve en él al redentor social, el hombre que desafía a los carteles y a las oligarquías. La mitad que apoya a Espriella ve en él al ejecutor moral, el hombre que promete orden, disciplina y castigo. Pero la verdad es que ambos representan el mismo dilema: la imposibilidad de gobernar un país donde la ley es negociable y la moral opcional.

Si Espriella llega al poder con solo la mitad de Colombia apoyándolo, el resultado será previsible: tragedia. La historia latinoamericana es un catálogo de mandatos que comenzaron con promesas de purificación y terminaron en masacres. Como advirtió Hannah Arendt, “la política basada en la moral absoluta conduce inevitablemente a la tiranía” (The Human Condition, 1958).

Espriella promete erradicar a los narcos, los guerrilleros y los corruptos, pero ¿quién decide quién es corrupto? ¿Quién define al guerrillero? ¿Quién distingue al traficante del político? La caza abierta que anuncia es una metáfora peligrosa. En Colombia, las metáforas suelen convertirse en balas. Cuando el discurso moral se transforma en arma, el resultado es siempre el mismo: cadáveres y comunicados oficiales.

El moralismo latinoamericano es una forma de teatro. Petro y Espriella son actores de un drama que se repite desde hace décadas: el reformador contra el justiciero, el idealista contra el ejecutor. Ambos hablan de ética, pero ninguno parece dispuesto a practicarla. Petro habla de redistribución; Espriella habla de castigo. Uno quiere salvar al pueblo; el otro quiere salvarlo de sí mismo. En el fondo, ambos quieren lo mismo: poder.

Como escribió Michel Foucault, “el poder no es algo que se posee, es una relación que se ejerce” (Surveiller et punir, 1975). Petro ejerce el poder mediante la retórica de la inclusión; Espriella, mediante la retórica de la exclusión. Uno promete abrir fronteras; el otro promete cerrarlas. Pero ambos saben que, en Colombia, el muro es más fuerte que la moral.

Colombia es un país cercado por muros invisibles: el muro de la desigualdad, el muro de la violencia y el de la impunidad. Petro intenta derribarlos con políticas sociales; Espriella promete reforzarlos con leyes y prisiones. Ninguno parece comprender que el problema no está en los muros, sino en la moral que los sostiene.

Como observó Eduardo Galeano, “la injusticia es como el muro: cuanto más alto, más sombra proyecta” (Las venas abiertas de América Latina, 1971). La sombra de Colombia es larga y densa. Petro intenta iluminarla con discursos; Espriella, con reflectores judiciales. Pero la luz, en ambos casos, es insuficiente.

Hay países donde el cinismo es defecto; en Colombia, es virtud. Espriella es el producto perfecto de esa cultura: un hombre que hizo de la defensa de criminales una carrera y de la moral una bandera. Petro, por su parte, es el idealista que cree que puede reformar el sistema sin destruirlo. Ambos son necesarios porque representan las dos caras de la misma moneda: el cinismo y la esperanza.

Como escribió Albert Camus, “el hombre rebelde es aquel que dice no, pero cuyo no implica un sí” (L’Homme révolté, 1951). Petro dice no a la injusticia, pero su no implica un sí a la utopía. Espriella dice no a la corrupción, pero su no implica un sí a la represión. Entre ambos, Colombia sigue diciendo sí a la tragedia.

El futuro de Colombia, bajo Espriella, será una farsa moral. La promesa de purificación nacional terminará convirtiéndose en persecución política. Los narcos seguirán existiendo, los guerrilleros cambiarán de nombre y los corruptos aprenderán a disfrazarse de patriotas. La diferencia será solo estética, pues el crimen pasará a usar corbata.

Petro, con todos sus defectos, representa el intento de civilizar el caos. Espriella, con toda su retórica, representa el intento de disciplinarlo. Ninguno lo logrará. Porque, como decía José Ortega y Gasset, “la política es el esfuerzo por convertir el instinto en razón” (La rebelión de las masas, 1930). Y en Colombia, el instinto es más fuerte que la razón.

Petro y Espriella son símbolos de una Colombia que vive entre la moral y el muro. El primero intenta construir puentes; el segundo levanta barricadas. El primero cree en la reforma; el segundo en el castigo. Ambos hablan de ética, pero ninguno parece comprender que la ética no se decreta: se practica.

El mandato de Espriella, si llega, será el espejo invertido del de Petro: menos idealismo, más represión; menos diálogo, más silencio. Y, inevitablemente, más sangre. Porque en Colombia, cada intento de moralizar el caos termina siempre con el caos moralizando la política.

Bibliografia

Banco Mundial. (2019). Urban Poverty and Inclusive Development in Latin America. Washington, DC.

Camus, A. (1951). L’Homme révolté. Paris: Gallimard.

Foucault, M. (1975). Surveiller et punir. Paris: Gallimard.

Forero, J. (2014). The M-19 and the Colombian Political Landscape. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Galeano, E. (1971). Las venas abiertas de América Latina. Montevideo: Siglo XXI.

García Márquez, G. (1975). El otoño del patriarca. Buenos Aires: Sudamericana.

Kalyvas, S. (2006). The Logic of Violence in Civil War. Cambridge: Cambridge University Press.

Nietzsche, F. (1886). Jenseits von Gut und Böse. Leipzig: C. G. Naumann.

Ortega y Gasset, J. (1930). La rebelión de las masas. Madrid: Revista de Occidente.

Pécaut, D. (2008). La experiencia de la violencia en Colombia. Bogotá: Norma.

Semana. (vários anos). Investigaciones sobre Abelardo de la Espriella. Bogotá.

El Tiempo. (vários anos). Reportagens sobre Abelardo de la Espriella. Bogotá.

Jorge Rodrigues Simão 2026